Publicado el 01/12/2020

En el mat como en la vida: ¿Cuál es el límite?

La profe Martu García propone observar tus límites tanto en la práctica como en tu vida, registrarlos, respetarlos y abrazarlos.

Dejar la mente fuera del shala

Mediante la práctica entendí que muchas veces forzaba mi límite. No lograba visualizarlo de antemano y solo lo notaba cuando me lastimaba. Fue demasiado. Fui demasiado lejos. Forcé de más esta postura. 

Será que el Ashtanga Yoga reúne, en su mayoría, a practicantes enérgicos, exigentes, siempre queriendo más. Practicantes que se quieren sentir retados, que quieren darlo todo, que buscan desafiarse, transpirar las penas y respirar los dolores. Y la mayoría de las veces, como instructora veo el mismo patrón que parece replicarse entre los yoguis: no reconocer el límite.

Algo que aprendemos bastante al principio del inicio de la práctica es: así como en el mat, así como en la vida. Aprendemos de todo aquello que sucede en el Mat como enseñanzas de metáforas que luego reconocemos en nuestro día a día. El respirar en posturas complejas, habla de aprender a respirar en situaciones complejas y difíciles en la vida. El equilibro de las posturas de pie, nos habla de un balance mental. Todo tiene su semejante en el día a día, y el tema del límite, se vuelve muy presente.

¿Cuántas veces forzamos una postura porque queremos desesperadamente que por fin nos salga? ¿Cuántas veces buscamos a través de la exigencia controlar emociones que no queremos que nos tumben y nos desgarren el alma? “Si logro esta postura… Si tan sólo pudiera lograr que me salga perfecta…” ¿Qué? ¿Qué pasaría entonces? 

Aprender a ponernos un límite

La mente nos engaña continuamente y nos pone metas sin sentido. Y muchas veces, en el afán de lograrlas, sin indagar mucho en la entidad de esa meta, no ponemos un límite y terminamos con una lesión. Y así como en el mat, así como en la vida. Muchas veces no somos capaces de poner los límites en los vínculos, en las situaciones. Muchas veces olvidamos preservarnos, cuidarnos, como si alguien más viniera a hacerlo.

Y si algo no lo entendemos, la vida se ocupará de repetirlo frente a nosotros las veces que sea necesario hasta que lo veamos, lo reconozcamos y lo trabajemos para cambiarlo. 

Si me cuesta poner límites en los vínculos, voy a tener que atravesar situaciones cada vez más intensas hasta que comience a ponerlos. Poner un límite es un trabajo que requiere mucha consciencia y es difícil para quienes estamos acostumbrados a autoexigirnos, a ir a por todo. Pero no hacerlo es tan dañino como ponernos demasiados límites y encerrarnos en nosotros mismos.

La clave está entonces en el bendito equilibrio consciente. Esa línea borrosa, difícil de identificar, que implica mucho trabajo interno y muchos golpes al ego. Pero como dice Serrat, golpe a golpe, verso a verso, voy entendiendo cada vez más primero la importancia de hacerlo y luego el cómo.

¿Por qué tengo que esperar a que el cuerpo me marque el límite con una lesión para entenderlo? Si me pongo a pensar, pareciera como si fuera una niña esperando recibir el límite por parte de mis partes. Límites externos.

Si, las heridas sanan. Pero lo complejo es que las heridas emocionales o mentales por no poner límites no derraman sangre, no se ven así nomás. Y si no las veo, y no las reconozco, corro el riesgo de herirme una y otra vez. Profundizar un patrón que me saca demasiada energía: siempre termino dando de mas, o dejando que el otro se comporte conmigo de una forma que no me hace bien… pero lo dejo, porque me cuesta poner límites.

Bendito límite. Bendita práctica. Esta vez la cicatriz de mi herida me enseñó a no forzar de más mis isquiotibiales. Y esta vez voy a usarla como referencia para no generar otra cicatriz. Esta vez voy a poner un límite.

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Publicado por Martina García

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