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La casa del mundo: analogía entre la cuarentena y el Sutra budista Vimalakirti

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Julia Napier es escritora y profesora de Yoga. Comparte con nosotrxs un texto sobre la vivencia en nuestras casas durante la cuarentena, en relación al Sutra Vimalakirti del budismo Mahayana: La casa del mundo.

 

Quedáte en casa, dice el hashtag, las redes sociales, los gobiernos, los vecinos. Al principio de esta experiencia tan particular, encontrábamos una sensación de heroísmo en nuestro confinamiento y acompañábamos nuestras fotos de encierro con corazones y bíceps flexionados. Circulaban videos conmovedores de los médicos pidiéndonos que nos quedáramos quietos para apoyarlos en sus trabajos. ¿Cuantas veces has podido salvar al mundo, nos decíamos, “Yendo de la cama al living”? Y mientras tanto, los memes brotaban y los compartíamos con humor.

Después de seis semanas de quedarnos en casa, hemos pasado por innumerables estadios aquí adentro. Lo que tomamos como una medida extrema y corta ahora es la vida cotidiana. Hemos podido vislumbrar virtualmente los interiores de una multitud de casa ajenas, a través de reuniones virtuales, seminarios de Zoom, cenas compartidas y todo tipo de posteo en las redes sociales. Todos somos, de repente el BBC Dad, haciendo señas para que un hijo se calle, apagando la cámara para lavar los platos mientras el mundo virtual sigue y sigue y sigue.

Algunos viven en un departamento pequeño. Otros disfrutan de casas amplias con jardín. Las condiciones físicas que nos tocan intensifican nuestra condición interna. Quienes viven solos se sienten muy solos. Quienes viven con niños, se sienten demasiado acompañados. Ya es un hecho que la violencia doméstica está en auge y que el alcoholismo (y las demás adicciones) son un estrago más de la pandemia. Nuestro encierro me hace recordar el comentario que me hizo un amigo cuando estaba embarazada de Oli, mi primer hijo. Un bebé refuerza todo lo bueno y todo lo malo en una pareja. Si estaban bien, estarán mejor. Si estaban mal, estarán jodidos.

 

Quedarse en casa

 

La cuarentena ejerce un efecto similar. No hay escondite. Todo se amplifica y la casa se volvió el centro de nuestro universo. Un lugar que alberga toda nuestra experiencia: desayuno, almuerzo y cena, escuela, oficina, shala, banco, teatro, ring de boxeo, café, aguantadero y centro multimedia.

En mi casa, cada uno estableció su territorio ni bien empezó el primer día. Justina armó su aula virtual en el living y la perra ahora va a la escuela con ella, aunque esconde la cabeza cuando habla la maestra. Oli, en plena adolescencia, se refugió en su cuarto y solo baja la escalera en busca de comida; sus auriculares se fusionaron con su cuerpo y con esfuerzo se baña cada 15 días. Juan confeccionó un estudio prolijo en de nuestro dormitorio, desde el cual pasa todo el día en planet Zoom.

Yo dejé mi escritorio (demasiado cerca del aula de Justi) y decidí quedarme en la cocina, ya que nunca falta mucho entre la preparación de una comida y la limpieza de otra. Pero si soy honesta, la cocina me reconforta; siento que estoy en el corazón de la casa, sentada en la mesa donde nos alimentamos, nos peleamos y nos reímos. Así como el Monte Meru simboliza la columna vertebral en las enseñanzas yóguicas, la mesa de la cocina es la espalda firme de toda familia.

Mi percepción de la casa muta de un minuto a otro, aunque la casa sigue siendo la misma. Llueve durante una mañana y me siento acurrucada por las cuatro paredes. Llueve dos días y me siento encarcelada por las mismas. Sale el sol, y amo la luz que entra por las ventanas. Sale el sol y quiero salir corriendo a la calle. Lavar los platos me ordena la cabeza. Lavar los platos me agota el alma. Siento una gratitud absoluta por al amparo que tenemos; extraño con locura mi “vida normal”.

 

Justi y el perro en la escuela

 

Una cuestión de percepción

 

No es la primera vez que esto me pasa dentro de una casa. Cuando Justi tenía tres meses, dejó de dormir sola en su cuna de un día para el otro. Intenté engatusarla de todas las posibles maneras, pero solo dormía profundamente en brazos. Me acuerdo de pasar largas tardes en mi dormitorio, atravesada por el cuerpo de la beba, rebosante de oxitocina y la sensación de que el cuarto era un palacio de amor; sentía nuestra respiración conjugarse y la luz vespertina dorar las paredes. Otras tardes, me acuerdo se sentir que el mismo cuarto era una cárcel, que Justi pesaba una tonelada y que moría de ganas de hacer pipi; pero todo sufrimiento era mejor que despertarla.

De más jóvenes, vivíamos en Londres en un monoambiente. Juan lo alquiló mientras yo seguía en Buenos Aires y nunca me olvidaré de la mañana gris en la que llegué a Londres, muerta de sueño después de 14 horas de vuelo; Juan me llevó hasta un monoblock estatal donde daban vueltas en bici unos chicos de 10 años que parecían asesinos. El departamento era diminuto, con una cortina entre la cama y el living, y solo entraba un cuerpo humano en el baño (si metías la panza). Pero con el tiempo, se volvió el centro de nuestra vida londinense, el hogar donde cenábamos con amigos en el piso, donde yo estudiaba y practicaba mientras lloviznaba afuera, donde nos refugiábamos después de largos días de pasear por la ciudad. Después de dos años allí, amaba cada centímetro del flat, y sus 25 metros comprendían un mundo entero.

En el Sutra Vimalakirti, una escritura célebre del budismo Mahayana, sucede algo muy parecido. Una casa demuestra sus habilidades para cambiar de forma, tamaño y función. Este sutra relata lo que sucede cuando el Buddha Shakyamuni visita la ciudad de Vaishali en la antigua India y manda a sus bodhisattvas a la casa del sabio Vimalakirti. Desde el principio, presenciamos las capacidades supranormales de los seres iluminados. Aunque siempre nos recuerdan que la destreza real trata de la visión clara y no de los superpoderes (algo parecido a lo que dice Patañjali en el Vibhuti Pada del Yoga Sutra).

 

Un Universo que nos contiene y nos relaciona

 

El sutra empieza y termina con enseñanzas del Buddha, pero casi toda la narrativa sucede dentro de la casa extraordinaria del inválido Vimalakirti. Al principio, los bodhisattvas no quieren ir porque Vimalakirti es un maestro feroz que siempre los reta con sus enseñanzas, pero finalmente el príncipe Manjushri se anima, y le siguen 8 mil bodhisattvas, 500 discípulos y una gran variedad de seres celestiales y divinos. Anticipando su llegada telepáticamente, Vimalakirti vacía su casa de todos los muebles y empleados–menos la cama donde él descansa—y de alguna manera la vivienda sabe acomodar este malón sin cambiar de apariencia o tamaño (algo así como el órden que logra Juan en nuestro cuarto antes de hacer un Zoom con un público cada vez más grande).

Una vez allí, Manjushri pregunta por la enfermedad del sabio, y Vimalakirti contesta que sus males no son individuales sino el fruto de su compasión por los demás: “El bodhisattva ama a todos los seres vivientes como si cada uno fuera su hijo. Se enferma cuando ellos se enferman y se cura cuando ellos se curan. Me preguntas, Manjushri, de donde proviene mi enfermedad; las enfermedades de los grandes bodhisattvas surgen de la extrema compasión”.

Mediante una pandemia mundial, es fácil entender la interconexión que nos liga tan íntimamente con gente que no conocemos. Los microbios que producen el Covid-19 han viajado desde Wuhan hasta la mayoría de las comunidades humanas. Vemos mapas a diario que conectan casos, puntos críticos, zonas libres de enfermedad.

Hay muchas formas de entender los lazos que nos unen, desde los mapas en las revistas aéreas que siguen el trayecto de los vuelos o por las rutas del comercio global. Ahora vemos esta conectividad a través del coronavirus; en definitiva, nos invita a contemplar la cualidad vincular y dinámica de nuestra realidad. Somos un mapa móvil y entrelazado, imposible de separar en una entidad u otra, por más que los políticos lo intenten.

Quienes prestan atención al cambio climático entienden que los hábitos de cada ser viviente modifican la totalidad planetaria. Pero el clima, así como la vacuidad budista, es imposible de aislar y fijar.  Muta, cambia y resiste toda cosificación.

 

Viajes aéreos, pre Covid-19

 

Las enseñanzas de Vimalakirti

 

Pensando en los bodhisattvas mayores, el monje Shariputra le advierte a Vimalakirti que no quedan sillas para sentarse. Vimalakirti responde con un discurso maravilloso sobre la perfección del desapego, y luego pide mentalmente a un Buddha gigante de otro universo que envíe miles de tronos majestuoso. Estos descienden del cielo sin crear ningún disturbio en la casa de Vimalakirti. Como las sillas con inmensas, los bodhisattvas tienen que crecer miles de leguas en altura para sentarse.

Una vez acomodados, Vimalakirti ofrece una lección extraordinaria en la que describe la “liberación inconcebible” de algunos bodhisattvas: pueden colocar al Monte Sumeru en un grano de mostaza, pero sin achicar el monte y sin agrandar la semilla. También pueden verter los cuatro océanos en un solo poro de su piel sin dañar a todas las criaturas allí adentro o sin que perciban el cambio.

Vimalakirti explica que hay seres que adquieren esta disciplina después de un período “inmenso de evolución” y otros que lo logran después de un período corto. Según el tiempo que lleva alcanzar esta disciplina, los bodhisattvas pueden lograr que “el pasar de una semana parezca el pasar de un eón” o que el pasar de un eón parezca el pasar de una semana. Cuanto más tardamos en disciplinarnos, más lento corre el tiempo. ¿Les suena familiar?

Entre todas las maravillas de la casa de Vimalakirti, reside una diosa, quien se hace visible para escuchar el Dharma. Nombra las cualidades mágicas de la casa del sabio: que está repleta de una luz dorada, que quienes pasan por su umbral dejan de sufrir, que nunca la abandonan los dioses, que allí resuena la música de los Buddhas y del hombre, que está repleto de tesoros inagotables, que allí llegan los Buddhas de las 10 direcciones y que desde allí brillan sus campos divinos.

Sorprendido de que alguien tan sabio querrá habitar un cuerpo femenino, Shariputra le pregunta por qué ella no usa sus poderes para cambiar de forma. En respuesta, ella usa su magia para intercambiar cuerpos con Shariputra, quien se descubre dentro de una forma femenina. Con todo derecho, la diosa le pregunta a la “nueva” Shariputra, que le impide salir de su forma femenina.  Después de una discusión fascinante acerca de lo que no se hace ni se cambia (el ser), la diosa restaura el cuerpo “real” de Shariputra.

 

Una estela china que representa los acontecimientos del Vimalakīrti S ū tra

 

El apredizaje en lo cotidiano

 

Yo estudié este texto con el mágico Robert Thurman: profesor renombrado, amigo del Dalai Lama, primer jefe de cátedra del budismo en EEUU, traductor del tibetano y del sánscrito, defensor del planeta y de la cultura tibetana. Una tormenta de bondad. Él enseña este Sutra desde hace 40 años y la traducción que hizo del sánscrito está en su vigésima edición.

Es imposible que yo entienda la sutileza de esta escritura, pero desde que empezó la cuarentena, siento que yo también vivo en la casa del sabio cascarrabias Vimalakirti, un lugar que hasta los bodhisattvas temen visitar por la intensidad de las lecciones que reciben. Un lugar que cambia de apariencia, de tamaño, dimensión, y donde entra una cantidad imposible de personas (o virtualmente o desde el corazón). Un lugar donde tenemos que crecer para ocupar el lugar que nos toca y  donde hombre y mujer intercambian cuerpos y roles, aunque cueste.

Hay días en los que Juan y yo compartimos las tareas domésticas de una forma sorprendentemente equitativa; ahora que el mundo externo ya no les es permitido, los hombres habitan plenamente el mundo doméstico y hasta un Primer Ministro como Justin Trudeau gobierna desde su casa y con los chicos a cuestas.

Podemos buscar una nueva igualdad aquí adentro o podemos repetir viejos patrones agotados y agotadores (hay días en los que desaparezco dentro las comidas y las tareas de los chicos mientras que Juan “trabaja”; esto no es, por supuesto, la culpa de Juan sino una recaída mutua en la antigüedad). En esos momentos, recuerdo a la diosa y su refinamiento, su capacidad de ver más allá de nombre y forma. ¿Qué jerarquía de género puede sostenerse si vemos con claridad?

Dr. Robert AF Thurman

 

Pensar y sentir en colectivo

 

A Robert Thurman le gusta decir que la casa de Vimalakirti es como el Tardis del Doctor Who, el Rey del tiempo que viaja por diferentes galaxias en lo que parece una cabina azul de policía londinense, pero que por dentro es una mansión compleja y inagotable, con laboratorios y maravillas múltiples. Cuando los bodhisattvas tienen hambre, Vimalakirti crea un ser mágico que viaja a otro universo para pedir comida. En aquel mundo, el Buddha vive entre bodhisattvas perfumados que inhalan sus samadhis. Cuando los sabios aromáticos llegan con el delivery, se asombran por el mal olor y crudeza de nuestro mundo. Pero este es el mejor lugar, les avisa Vimalakirti, porque solo aquí se adquiere una compasión verdadera ante tanto sufrimiento.

En este momento estamos ante un reto tan inesperado como si llegara Rappi desde la luna, pero nos toca digerirlo. Hay días que pasan velozmente y otros que duran una eternidad. Hay días en los que una luz dorada parece recubrir la mesa donde comemos juntos y otros en los que me siento perdida en una neblina. En esos momentos, conviene retomar la lista de la diosa y encontrar los tesoros que nos habitan, los maestros que nunca nos abandonan, las presencias que siempre llegan si las llamamos, la igualdad profunda que nace de no quedarse pegado a lo externo.

Si vivimos en un departamento, debemos encontrar al Monte Meru dentro de una semilla de mostaza. Y si vivimos sobre Monte Meru, nos toca recordar la humildad de semilla. Nos toca sentir, así como lo siente Vimalakirti, que la enfermedad del mundo también es la nuestra y que la salud solo será colectiva.

Este eje central del budismo me resulta clave para la sanidad mental: no existe un samadhi o el nirvana personal si todos los seres sensibles no lo comparten. Robert Thurman nunca deja la compasión de lado para perderse en los debates sobre la vacuidad. “Todos ustedes se van a convertir en Buddhas”, le gusta decir a sus oyentes, “¿Por qué no?”

Quedémonos en casa, sí, pero recordemos que nuestra casa está repleta de tesoros, que los maestros abundan y que aquí adentro cabe el mundo entero.

 

Para saber más de Julia entrá a su página web: http://www.julianapier.org/

 


 

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