Publicado el 26/01/2021

La diferencia entre practicar automáticamente y practicar conscientemente

Martu García nos cuenta cuál es la diferencia entre practicar automáticamente y practicar conscientemente, y nos da algunos tips para sentirnos más presentes en nuestra práctica.

¿Ocurre algo divino en mi si practico como quién repite la tabla del 2? Los efectos de la práctica los siento igual?

¿Ocurre algo divino si practico totalmente consciente de cada momento presente que atravieso con cada respiración?

¿Hay alguna especie de “magia” a la que no accedo si en cambio tomo la práctica como meramente un entrenamiento físico? Y si practico enojado? Accedo a aquello sutil?

Como practicante y amante del yoga yo podría decir que sin lugar a dudas existe una diferencia enorme entre practicar de manera consciente y practicar mecánica y automáticamente.

¿Cuál es exactamente esa diferencia?

Esa diferencia radica en una de esas cosas difíciles de describir, pero sin dudas imposible de no percibir.

Por un lado hay algo que está intrínsecamente relacionado con lo físico pues por más que en todas las instituciones de estudio se esmeren por separar y categorizar las “diferentes” partes que nos componen,  todo es una sola cosa. Todo está interconectado desde lugares que únicamente la física cuántica parecería comenzar a describir de alguna manera “científica”.

No es indistinto si me muevo o no me muevo. Cada movimiento, cada palabra repercute en mi, en mi mente, en mi espíritu, en mi todo. Entonces inevitablemente si practico, voy a sentir un cambio. En todo mi ser. Por más sutil que sea.

Por otro lado está la relación entre las emociones con las que estoy lidiando y mi práctica. Cada día es diferente, y puedo llegar al mat con emociones radicalmente opuestas o por qué no, con una mezcla, en diferentes combinaciones, de varias de ellas.

¿Puedo practicar si estoy atravesada por el enojo de algo qué pasó en el día de lo que no me pude despegar? Como poder puedo. Y sin dudas la práctica me va a ayudar a calmarme, a volver a mi eje. Pero corro el riesgo de que la propia emoción comande la práctica. De dejar en manos de la emoción, la nave que estoy piloteando. Corro el riesgo de que esa emoción tome partido y me tense o lastime. Y de, tal vez, usarme como mi propio desquite. 

Cómo practicar conscientemente

Quizás, la forma más cercana que me permita experimentar la práctica en todo su esplendor, sea con un intento de vaciamiento emocional previo a practicar. Esos minutos previos a empezar no son en vano, y no son menos importantes que cualquier otro momento de la práctica en sí. Es un momento para respirar, para conectarme con el presente, con mi respiración ahora, no con lo que pasó ni lo que tiene que pasar o aquello que no se si va a pasar.

Ahora. Inhalo, exhalo. Aprovecho la exhalación para dejar ir todo lo que no es este momento presente. Y quizás el amor sea la emoción que podamos albergar con profundidad y que nos puede elevar hacia otro estado, que pueda potenciar nuestra práctica. Pero no el amor representado por algo, por alguien, ese amor ansioso y vigoroso. No. Ese amor profundo que parece ser raíz de todas las cosas. Ese amor que es fuerte y al mismo tiempo liviano. Ese que conecta todas las puntas. Ese amor que es quieto e infinito.

En un tercer nivel se puede practicar desde un lugar de entrega absoluta al momento presente, con la consciencia abocada de lleno a ello. Al ahora. A la respiración. Al movimiento respiratorio. Al asana. A la visualización de la alineación que me permite una conexión muy profunda conmigo misma. Esos momentos creo que están repletos de magia, repleto de lo sutil, repleto de lo divino. Pero por lo menos para mi son sólo eso, momentos. Si me sincero tengo que decir que nunca logré una práctica entera con tal nivel de consciencia, concentración. Pero sí tuve momentos.

Mi papá en cambio, ateo fundamentalista y practicante de Ashtanga, me dice que no siente nada. Que no siente absolutamente nada espiritual, ni sutil, ni tres cuernos. Que le hace bien porque es una “gimnasia” bárbara para el cuerpo.

¿Será que hay algo que no se permite entregar? ¿Será que él mismo se limita? ¿O será que realmente está vacío de emociones y abierto a las posibilidades sutiles de la práctica pero simplemente no siente nada? Diga lo que diga yo lo noto, con los años (y las prácticas) cada vez más dócil. Más afectivo. Más flexible.

¿Será la práctica (quizás entre otras cosas) que produce eso?

No sé qué es lo que se produce, pero tanto él, como yo, volvemos a ella una y otra vez.

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Publicado por Martina García

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